Cuando llegamos a Tulum, el destino era todavía principalmente bohemio: pocos hoteles, muchos cenotes sin nombre, y una arquitectura que no pretendía nada más que dejar entrar el viento y mantener fuera la lluvia. La especulación inmobiliaria no había llegado. O más bien: acababa de llegar, y desde el principio nos pareció que iba en la dirección equivocada.
El principio fundacional fue sencillo y en su momento inconveniente: no representaríamos ninguna propiedad en la que nosotros mismos no viviríamos. No como declaración de marketing. Como política operativa. Eso significó rechazar docenas de proyectos con números atractivos y arquitectura que no respetaba ni el suelo sobre el que estaba construida.
Conocer Tulum de verdad no significa conocer las zonas ni los precios. Significa saber cuál arquitecto entrega lo que promete y cuál no, cuáles ejidos han regularizado sus tierras y cuáles siguen en litigio silencioso, qué notarios del estado hacen búsquedas de gravamen completas y cuáles firman con prisa. Significa haber visto proyectos de infarto en papel convertirse en problemas de goteras y agua estancada a los tres años.
Por eso el equipo que construimos no es un equipo de ventas. Es un equipo de criterio: una arquitecta bioclimática que dice no con más frecuencia que sí, un abogado que busca primero los problemas, y una directora de zona que conoce este mercado desde antes de que apareciera en ningún ranking internacional de destinos de lujo.